Untitled.

Su mirada estaba fija en la figura frente a él. Sus manos estaban hechas puños y su mandíbula estaba tan apretaba que llegaba a doler. Dio un paso hacia adelante tratando de encontrar los ojos de la pequeña rubia, sin embargo, esta tenía la mirada fija en sus zapatos.
—No puedes hacer esto— Susurró. Lo que ella le había dicho se repetía una y otra vez en su cabeza. “Terminemos” “Terminemos” “Terminemos”.
—Christian, lo nuestro no llegará a nada— Por fin levantó el rostro. El aludido pudo percibir la melancolía que expresaban sus hermosos ojos azules.
—¿Quién dice que no?— Se acercó a ella. Solo un par de metros los separaban. Intentó tomar su mano, pero esta lo rechazó, dando un paso hacia atrás.
Lo estaba rechazando. Ella nunca hacía eso. Siempre estaba ahí dándole una sonrisa; esa sonrisa que acababa con todos sus demonios. 
Ella había sido la única persona que había podido callar las voces en su cabeza, la única que detenía sus pesadillas y la única que llegaba a comprenderlo; sin juzgarlo, como todos los demás hacían.
Si bien es cierto que su vida estaba llena de personas, todas ellas eran hipócritas que solo buscaban entrarlo a un manicomio. Ella, en cambio, había evitado que llegara al borde de la locura… Y se iba. Se iba como un ángel que había recibido sus alas y buscaba dejar el infierno en el que se encontraba.
Suspiró y dio un paso atrás al darse cuenta de algo: No podía permitir que su oscuridad la rodeara. Ella era toda luz y sonrisas, él era oscuridad y lágrimas; ella era alegría, él tristeza; ella era blanco y él negro; eran completamente diferentes y no podía mantenerla encadenada a él aunque eso significase caer en un abismo del nunca más podría salir.
—¿Es eso lo que realmente quieres?— Preguntó, luego de un par de minutos en silencio. La chica fijó sus ojos en los de él, haciendo que su corazón doliera aún más. Su mirada era lo único que lograba desarmarlo. Sus ojos, grandes y del color del mar, provocaban en él un remolino de emociones que nunca podría describir.
Ella asintió y entonces supo que todo debía terminar allí.
¿Quién era él para retenerla en contra de su voluntad? Ella merecía ser feliz y dar a conocer al mundo todo lo que ella representaba. La luz, la alegría, la humildad, las estrellas en una noche oscura y el cielo, claro e intenso.
Ella era todo eso y más. Nunca, ni en un millón de años, podría encontrar las palabras adecuadas para explicar lo que ella personalizaba. Es decir, lo más cercanos para describirla sería “Ella es como una taza de café, fuerte y caliente, en uno de esos días fríos en que el cielo amanece llorando”, y ni eso era suficiente.
—Está bien. Pero antes de que te vayas quiero que sepas que jamás encontraré a otra persona que pueda hacerme sentir lo mismo que tú— Su voz se quebró en las últimas palabras. Ella asintió, con lágrimas corriendo por sus mejillas y sus dedos entrelazados frente a ella.
Dio media vuelta sin decir nada y caminó lentamente dejándolo justo como lo encontró la primera vez que se vieron: solo y con el corazón roto en tantos pedazos que era imposible contarlos.
Entonces, por un momento se olvidó de ese cliché de “los hombres no lloran” y dejó que sus lágrimas  salieran. 
La amaba. La amaba más que a nadie; había incluso intentado ser mejor persona para ella.
Nunca llegó a decirle que ella lo había salvado, ni tampoco que ella había sido para él lo que los creyentes llamaban “ángel de la guarda”.
Un sollozo salió de sus gruesos labios y no le importó lo que la gente pudiese pensar al verle allí, llorando por la única persona que había amado en toda su vida.


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2 comentarios

  1. Hola!! Me encantó ☺☺ me llegó cada palabra que leí. Muchas gracias por publicarlo, nos leemos, saludos!!

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    1. Hola!!
      Me alegra que te haya gustado *-*
      Besos!

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